Análisis la psicología del engaño

La psicología del engaño: entre la conciencia crítica y el compromiso social

Introducción

Ignacio Martín-Baró, sacerdote jesuita, psicólogo social y mártir de la guerra civil salvadoreña, dejó como legado una de las críticas más agudas a la psicología como disciplina científica y profesional en América Latina. Su texto La psicología del engaño cuestiona no solo los fundamentos epistemológicos de la psicología tradicional, sino también el rol que ha desempeñado esta ciencia en la reproducción del poder y el silenciamiento de los pueblos. Lejos de tratarse de una denuncia panfletaria, la obra es una invitación profunda a repensar el sentido de la psicología desde una ética comprometida con la vida, la dignidad y la transformación social.

Este ensayo busca analizar las ideas centrales del texto de Martín-Baró, en diálogo con reflexiones contemporáneas como las de Edgar Barrero Cuéllar en La psicología como engaño, para iluminar los desafíos que enfrentan hoy las ciencias del comportamiento humano. A lo largo del texto se abordarán los aspectos ideológicos de la psicología dominante, su papel en la reproducción del sistema, el potencial de una psicología liberadora, así como las implicaciones que todo ello tiene para la formación profesional y la práctica en contextos como el ecuatoriano, marcado por profundas desigualdades estructurales. Desde una perspectiva levemente inclinada a la psicología social, y con una crítica social implícita pero constante, este trabajo busca contribuir a la reflexión ética sobre una profesión que, si no se replantea a sí misma, corre el riesgo de perpetuar aquello que dice querer curar.

La psicología como construcción ideológica

Una de las ideas más provocadoras de Martín-Baró es que la psicología, lejos de ser una ciencia objetiva y neutral, es una construcción histórica e ideológica. Esta afirmación, que puede incomodar a quienes defienden una visión positivista del saber, tiene profundas implicaciones. La psicología no es un saber que emerge del vacío, sino que responde a contextos sociales, intereses políticos y estructuras de poder específicas. En el caso de América Latina, buena parte de la psicología que se enseña y practica fue importada desde Europa y Estados Unidos, sin mayor cuestionamiento sobre su pertinencia cultural o política.

Martín-Baró no niega los avances técnicos de la psicología, pero sí cuestiona el modo en que estos avances han sido utilizados. A su juicio, muchos psicólogos han operado como administradores del orden establecido, ajustando a las personas a las exigencias del sistema más que promoviendo su bienestar real. El énfasis en el individuo, el diagnóstico, la medición y la intervención técnica han sido estrategias funcionales a una lógica de control social, más que a un genuino interés por comprender al ser humano en su complejidad.

Esta perspectiva es compartida por Edgar Barrero Cuéllar, quien afirma que la psicología dominante ha sido cómplice de procesos de medicalización de la vida, patologización de la diferencia y vigilancia de los cuerpos. El supuesto de neutralidad científica, lejos de ser una garantía de objetividad, opera como una máscara ideológica que oculta los intereses que están en juego. Desde esta mirada, la psicología necesita una desnaturalización: debe problematizar sus propios fundamentos y reconocer su inscripción en un orden social desigual.

La psicología como tecnología del poder

El análisis de Martín-Baró se profundiza cuando examina el papel de la psicología como tecnología del poder. En este sentido, la psicología no ha sido solamente una disciplina que describe y explica el comportamiento humano, sino una práctica que incide directamente en la configuración de los sujetos. Al clasificar, diagnosticar, etiquetar y normar, la psicología produce formas específicas de subjetividad. Así, contribuye a moldear individuos funcionales al sistema económico y político.

Un ejemplo elocuente es el uso de la psicología en los entornos laborales. Desde los test de selección hasta las intervenciones de “clima organizacional”, la psicología ha servido para seleccionar personal que se adapte mejor a las exigencias del mercado, aumentar la productividad y minimizar los conflictos. Pocas veces se cuestiona si las condiciones laborales son justas o si el trabajo dignifica o explota; el foco se pone en la adaptación del individuo, no en la transformación de la estructura.

En el ámbito educativo, algo similar ocurre. En lugar de cuestionar los modelos escolares que homogenizan, excluyen y reproducen desigualdades, la psicología interviene para detectar “problemas de aprendizaje”, sin atender a los contextos de pobreza, violencia o racismo que afectan a los estudiantes. Lo que debería ser un saber liberador se convierte, así, en un instrumento de normalización.

Una psicología para la liberación

Frente a esta realidad, Martín-Baró propone una psicología para la liberación. Esta no es una mera corriente teórica, sino una postura ético-política. Se trata de romper con la neutralidad ficticia y asumir que el psicólogo tiene una responsabilidad con el contexto en el que trabaja. La psicología debe abandonar su pretendida asepsia para comprometerse con las luchas por la justicia social.

Una psicología liberadora, señala Martín-Baró, debe cumplir al menos tres tareas: desideologizar el sentido común, recuperar la memoria histórica y acompañar los procesos de organización popular. La desideologización implica desmontar los discursos que naturalizan la desigualdad, que individualizan el sufrimiento y que culpan a las víctimas por su situación. La recuperación de la memoria es clave para entender cómo se ha producido el dolor social y cómo los pueblos han resistido históricamente. Y el acompañamiento comunitario supone abandonar el rol de experto distante y ponerse al servicio de los procesos colectivos.

Esta propuesta no es teórica. Martín-Baró la puso en práctica en El Salvador, trabajando con comunidades afectadas por la guerra civil, realizando investigaciones sobre el impacto psicosocial del conflicto y diseñando intervenciones comunitarias que fortalecieran el tejido social. En su labor, nunca se colocó por encima de las personas, sino a su lado. Su compromiso le costó la vida, pero también dio ejemplo de una psicología que, lejos de engañar, revela, acompaña y transforma.

El contexto ecuatoriano: una realidad que interpela

En Ecuador, como en buena parte de América Latina, las condiciones de vida de la mayoría de la población están atravesadas por desigualdades históricas. La precarización del empleo, el deterioro del sistema de salud, la violencia urbana, la inseguridad y la desconfianza en las instituciones generan efectos profundos en la salud mental de las personas. Sin embargo, muchas intervenciones psicológicas siguen centradas en el individuo, sin considerar estas condiciones estructurales.

En las zonas rurales, por ejemplo, los problemas de salud mental se asocian frecuentemente con el aislamiento, la falta de servicios básicos y la ausencia del Estado. En las zonas urbanas, la violencia y el desempleo producen sentimientos de desesperanza y desprotección. En ambos casos, el sufrimiento tiene causas sociales claras, pero la psicología dominante tiende a tratarlo como un problema interno del sujeto.

En este contexto, la propuesta de Martín-Baró es más vigente que nunca. Se necesita una psicología que escuche las voces silenciadas, que no medicalice la pobreza ni criminalice la juventud, que trabaje en red con organizaciones sociales y que se forme desde el territorio. Los psicólogos deben ser capaces de leer el malestar como un síntoma social, no solo como una patología individual.

Formación profesional y pedagogía crítica

Uno de los espacios clave para transformar la psicología es la formación profesional. Las universidades juegan un papel central en la reproducción o transformación del saber psicológico. Sin embargo, como denuncian tanto Martín-Baró como Barrero Cuéllar, la formación actual sigue estando fuertemente influida por paradigmas eurocéntricos, individualistas y tecnocráticos. Los planes de estudio raramente incluyen contenidos sobre psicología comunitaria, derechos humanos o epistemologías del sur.

Es urgente repensar la pedagogía universitaria. Se necesita una educación que no solo forme técnicos competentes, sino sujetos críticos, sensibles al contexto y comprometidos con el cambio social. Esto implica cambiar no solo los contenidos, sino también las metodologías, promoviendo la participación activa, el diálogo horizontal, la reflexión ética y el vínculo con las comunidades.

Una pedagogía crítica también debe permitir a los estudiantes cuestionar el rol que se espera de ellos como psicólogos. ¿Están llamados a adaptarse al mercado o a transformarlo? ¿Van a trabajar al servicio del poder o junto a los sectores excluidos? Estas preguntas no tienen respuestas fáciles, pero deben ser parte del proceso formativo.

Conclusión

La psicología del engaño no es simplemente una crítica a la disciplina, sino una invitación profunda a reimaginar su sentido. Ignacio Martín-Baró nos recuerda que la psicología no puede seguir operando como un saber abstracto y descontextualizado. En un continente herido por la desigualdad, la violencia y la exclusión, se necesita una psicología que mire de frente la realidad, que escuche las voces de quienes han sido silenciados y que se comprometa activamente con la transformación del mundo.

Este llamado encuentra eco en las denuncias contemporáneas de autores como Barrero Cuéllar, quienes insisten en que la psicología, si no se revisa críticamente, seguirá siendo un instrumento del poder antes que una herramienta de emancipación. La elección está en manos de quienes la practican y la enseñan.

No se trata de negar los aportes de la psicología tradicional, sino de reconocer sus límites y de construir, desde nuestras realidades, una nueva forma de pensar, sentir y hacer psicología. Una psicología que no engañe, que no oculte, que no controle, sino que acompañe, libere y dignifique. Esa psicología es posible. Y, más que posible, es necesaria.


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